En 1Pep_Guardiola_5917 Marcel Duchamp creó “La fuente” inaugurando el llamado ready-made o arte encontrado mediante el que el francés introducía una fuerte crítica a la institucionalidad y el fetichismo existente dentro del mundo artístico. Su famoso urinario industrial dejó al descubierto que tan importante era el contexto museístico para connotar una obra artística como la naturaleza de la propia obra. 

Casi 100 años después, Pep Guardiola le ha dado otra vuelta de tuerca al concepto de arte encontrado de Duchamp. El catalán, en vez de desplazar el epicentro de la atención del espectador hacia los mecanismos intrínsecos de construcción fetichista del arte, ha resituado al fútbol como objeto artístico de pleno derecho.

Si hasta hoy considerábamos a David Beckham o Mahamadou Diarra futbolistas no era porque la destreza deportiva estuviese entre las habilidades de ambos, sino porque a menudo los encontrábamos mezclados con otros futbolistas en el espacio museístico destinado a tal fin, el campo de fútbol. De esta manera, y siguiendo el ejemplo de Duchamp, el contexto de deportivo prestigiaba a quien lograba penetrar en él independientemente de sus méritos reales.

Solo había que comprobar cómo cuando David Beckham se situaba fuera de del entorno de (con)fusión deportiva, el inglés perdía, a la manera de Sansón, sus atributos futbolísticos en favor de un mercantilismo que encontraba su espacio social de legitimación en otro rectángulo de juego como era el photo-call 

Afortunadamente, el ejemplo futbolístico de Pep Guardiola ha traído como resultado que, en vez de que cualquier objeto pueda ser considerado una obra de arte en función de su entorno de recepción, ahora todos los bares, estaciones de servicio o puticlubs de carretera puedan ser considerados museos con tal de que tengan televisión y sintonicen un partido del Barça, es decir, Guardiola ha sembrado de museos toda la geografía española mediante el sencillo, aunque antiposmoderno método, de realizar brillantemente su trabajo.

Para ello, el catalán se ha desprendido de toda la cháchara teórica propia de la posmodernidad (cuya expresión futbolística más evidente es el llamado resultadismo), consistente en sembrar constantes dudas sobre la posibilidad de llegar a alguna conclusión sobre algo, y se ha centrado en la obtención de certezas que ya se nos había olvidado, como por ejemplo, que jugando mejor que tu rival existen más posibilidad de ganar. Gracias a Guardiola volvemos a saber en qué consiste jugar bien al fútbol. Tan sencillo como eso. Por eso creemos que cuando el ex-futbolista sea también ex-entrenador, desde el gobierno turnista de turno debería nombrársele Director General de Museos por la labor de extensión que de esta institución está haciendo por el país.

Anuncios