Lars Von Trier, más carne que demonio.

Lars Von Trier, más carne que demonio.

La infantilizada relación que Lars Von Trier mantiene con el género femenino nos ha deparado en los últimos años una serie de películas protagonizadas por desequilibradas heroínas de muy distinto signo. A través de sus andanzas, el director danés nos ha mostrado las vergüenzas de la aparentemente civilizada socialdemocracia europea, recuérdense títulos como “Los idotas” (1998) y “El jefe de todo esto” (2002), a la par que esculpía retratos femeninos en los que las ansias liberadoras de sus protagonistas las llevaban a padecer desgracias sin tregua, véanse “Rompiendo las olas” (1996), “Bailar en la oscuridad” (1998) o “Dogville” (2003)

En poco más de veinte años, Von Trier se ha construido una irregular, aunque atractiva, carrera cinematográfica sobre el generoso zarandeo psicológico de sus personajes femeninos, y sus dificultades para encajar dentro de cualquier tipo de sociedad. No es difícil, por tanto, ver en ellas un trasunto del personaje que al propio Lars Von Trier le gusta interpretar de si mismo, a saber, el de genio rechazado socialmente por su comportamiento tiránico y cruel, pero cuya obra sí es aceptada culturalmente por la misma sociedad hipócrita que lo margina.

Para Von Trier genialidad y pertenencia social son términos antinómicos que entran en conflicto en el devenir vital de muchas de sus heroínas. Prolónguese la noción de genialidad artística hasta la de revelación de una verdad, conceptos a menudo equivalentes en el mundo del arte, y obtendremos así la motivación principal de personajes como la Bess de “Rompiendo las olas”, la Susanne de “Los idiotas”, o la Selma de “Bailar en la oscuridad”.

“Anticristo” (2009) es la celebración de este individualista esquema narrativo con el agravante de que nos retrotrae al Von Trier más plúmbeo formalmente hablando, el de sus primeras parábolas esticistas: “El elemento del crimen” (1984) y “Europa” (1991). En “Anticristo” se nos narra la crisis existencial de una pareja que, tras la muerte accidental de su hijo pequeño, decide aislarse para superar los ataques autodestructivos de ella. La reclusión en una cabaña le permite a él, que es psicólogo de profesión, poner en práctica una terapia psicológica, sin farmacopea de por medio, en la que se convierte en gurú de la soluciones racionales. A ella, qué originalidad, le toca adoptar el rol de paciente asaltada por delirios extrasensoriales. Así pues, el viejo conflicto entre los límites del conocimiento científico frente al inextricable mapa de la psique humana está servido.

Con tan forzado y antinaturalista punto de partida, Von Trier no hace más que enredarse en su propia cuerda a medida que avanza el metraje. “Anticristo” no pasaría de ser una película con pretensiones, sino fuese porque en este descenso a los infiernos, el personaje femenino asume su condición de origen de todos los males, siendo la propia mujer la que se automutila y la que implora su sacrificio para la restitución del orden natural de las cosas. De esta forma, Von Trier parece darle la razón histórica a aquellos religiosos del medievo que gracias a la quema de brujas fueron capaces de mantener a raya al demonio en sus siempre tentadores deseos de apoderarse del género humano.

Tan retrógradas e inquisitoriales claves narrativas no pueden más que hacernos pensar en lo lastimoso que resulta comprobar cómo alguien que ha conseguido una autonomía creativa envidiable gracias a su particular estudio Zentropa, malgaste su independencia para hacer esta película en un contexto histórico en el que en muchas partes del mundo las mujeres son lapidadas, mutiladas, asesinadas por sus parejas, o simplemente, tratadas como mano de obra esclava.

No cabe duda de que “Anticristo” rompe con los límites del discurso políticamente correcto, lo que resulta relativamente sorprendente es que lo haga para atrincherarse en posiciones estéticas e ideológicas vergonzantes, diríanse que hasta preconciliares. Aún así, para los exégetas de la cabalística de bajo vuelo, Von Trier no olvida despliegar a lo largo del film un muestrario de simbología nietzschiana con el que prestigiar intelectualmente el engendro. Lástima que el danés la utilice, cual calamar, para atontar al espectador en vez de para hacerlo partícipe de la historia.

Von Trier creerá que su film retoma la herencia cinematográfica del “Vampyr” (1932) de su admirado Dreyer, de “La brujería a través de los tiempos” (1921) de Christiansen, o de “Sacrificio” (1986) de Tarkovski, al que está dedicado el film, pero quien esto escribe sostiene que la película encaja mejor entre títulos como “La novena puerta” (1999) del peor Polanski. Es triste comprobar como la misma persona que encontró bellos momentos de rara intimidad entre sus personajes a través del riesgo formal de una mirada nada convencional sobre las relaciones amorosas, tenga ahora entre sus obsesiones la de asustar viejas con dosis de violencia tan superficiales como sus aburridos arquetipos.

Aún así, bienvenido este “Anticristo” si sirve para reafirmarnos en la concepción materialista del ser humano, que hoy día tiene uno de sus epicentros de lucha en la dura batalla que muchas mujeres sostienen para erradicar el patriarcado de la sociedad. Por eso, cuando en tiempos de crisis todos andamos como locos buscando chivos expiatorios se hace más necesario que nunca afirmar que la mujer, lejos de ser un ente diabólico, es la prueba más palpable de la pervivencia de ese ejército de reserva que nos recuerda que en ninguna sociedad se ha conseguido la igualdad de género, y que nuestro mundo, lejos de haber sido creado por demonios, ha sido construido por hombres heteropatriarcales. Aunque si echamos la vista atrás, en muchos momentos de la historia es difícil distinguir a los unos de los otros.

Anuncios