Anne Igartiburu y John Cobra, los Pimpinela de la supremacía blanca

Al final de la conocida película de Elio Petri “La clase obrera va al paraíso” (1972), un obrero del metal perdía la razón delirando acerca de un muro que tenía que derribar porque detrás estaba el paraíso prometido para los trabajadores. Hoy el muro que algunos representantes de la clase trabajadora intentan superar no está enladrillado de relaciones de alienación capitalistas, sino de pixeles basura.

John Cobra, el último bárbaro sacado a la arena pública por parte de empresarios sin escrúpulos para mofa general del personal, es el más claro ejemplo de ello. Lo visto en el concurso de TVE para elegir al cantante que representará a España en Eurovisión fue la constatación de la perversión del círculo social y económico en el que nuestra clase dominante ha envuelto al proletariado.

Resulta vergonzoso comprobar como este sistema, tan democrático y garantista de los derechos humanos, según sus defensores, fabrica monstruos a bajo coste para luego sacarles rédito económico, y además permitirse autosatisfactorios juicios moralizantes a costa de pobres desgraciados.

Como puede constatarse en la aleccionadora intervención musical y política de Cobra, su nefasta actitud es la prueba más evidente y directa del modelo de sociedad que los votantes del PP y el PSOE construyen día tras día sobre los hombros de nuestra desarticulada clase obrera. Una sociedad cuyo sistema educativo está diseñado para anular completamente la capacidad de raciocinio de sus usuarios, entregarlos al consumismo más ramplón, y prepararlos para competir en un mercado laboral precario y desestructurado, que a modo de zanahoria les otorga sus quince minutos de gloria y posteridad.

Dejando a un lado, que no aparte, la cuestión de qué hace TVE gastándose el dinero público en fomentar un espectáculo chabacano como Eurovision, no nos negarán que la lógica de los directivos de la cadena es perfecta: para animar una noche presumiblemente descafeinada desde el punto de vista del share, ofrezcámosle a los espectadores de un concurso franquista a un cantante neonazi aupado por un foro de coches en internet, durante el prime time de una cadena televisiva presidida por un político posfranquista.

Pero es que los esbirros de la burguesía, celosos garantes de los gustos del espectador medio, no se detuvieron aquí, pues una vez cautivada la audiencia a través de absurdas polémicas y videos en la red, arrojaron delante de las cámara al monstruito para que un público perfectamente adoctrinado reprobase con abucheos su conducta. Todo muy propio de un servicio público y cultural inserto en una sociedad madura, alejada ya de las bárbaras prácticas del circo romano.

Y por si todo esto no hubiese sido suficiente, en medio de este ambiente adecuadamente preparado, individuos cuyos méritos profesionales son algo más que sospechosos, véanse José María Íñigo o Anne Igartiburu, se lucieron ejerciendo de mamporreros del sistema dirigiéndole al imberbe cafre un rosario de frases hipócritas y moralizantes del tipo: “cualquiera que se sube a un escenario se merece un respeto”, “esas cosas no se dicen, y menos en una televisión pública”, o “vamos a pedir afecto y respeto, vosotros, los que estáis en casa, os lo merecéis”.

Pero el momento más representativo de la cantidad de basura que se esconde tras esos píxeles digitales que centellean en nuestros salones en amplias pantallas de plasma, se produjo cuando el comportamiento de Cobra hizo saltar por los aires durante unos segundos el guión de la gala, motivo por el cual Anne Igartiburu tuvo que improvisar una disculpa. Estas fueron sus palabras: “quizás John recapacite y se de cuenta de que lo que ha soltado por esa boca no era en el momento adecuado”.

Dicho esto parece lógico, y más en una televisión pública, como diría ella, que nuestra angelical presentadora nos aclarase en qué momento a ella sí le parece adecuado insultar a los homosexuales, hacer el saludo fascista, y amenazar a la audiencia con que forzarla a realizar felaciones. Pero es que además, la susodicha cerró su intervención sobre John Cobra con un “estamos de fiesta”, como si lo ocurrido no mereciese más atención, y todos a pasar página alegremente.

Y es que a pesar de lo vivido, algunos todavía reconocemos que nos sorprendemos al comprobar cómo a pesar de todo el control que socialmente ejerce lo políticamente correcto sobre la esfera pública, tan sólo es necesario dejar unos segundos sin teleprompter a una presentadora para que aflore el fascista que tantos llevan dentro, es decir, la verdadera urdimbre de la que está hecha la ideología capitalista, y que subyace en nuestros comportamientos cotidianos. Lo dicho, la Igartiburi, canela pura.

Así pues, tras visionar la actuación del nuevo dúo Pimpinela, Cobra e Igartiburu, podemos afirmar que ya tenemos sobre la mesa los suficientes elementos de análisis como para concluir que hemos asistido a la difícil, pero posible, cuadratura del círculo, aquella por la cual el capitalismo fabrica diariamente monstruos que expone en la feria catódica para satisfacción de una empobrecida audiencia que se autocomplace viendo que existen personas más energúmenas que ella misma, al mismo tiempo que permanece reconfortantemente sentada comprobando cómo todavía hay personas de bien que defienden a los buenos y castigan a los malos.

Por supuesto todo ello a un coste prácticamente cero para el estado burgués, propietario de TVE, que rellena minutos de parrilla por cuatro duros, pues John Cobra no tiene ni representante, y que sibilinamente sirve de plataforma para que los hacedores de la ideología dominante machaquen públicamente a un desclasado, perfecto ejemplo del lumpenproletariado, mediante recriminaciones precocinadas de evidentes tintes maternalistas. Esto debe ser lo que el PSOE entiende por la función educativa y formativa de la televisión pública.

Desgraciadamente a gentuza como los miembros del actual consejo de dirección de TVE, y especialmente al presidente la corporación de RTVE, el posfranquista Alberto Oliart, nunca le alcanzarán las agresiones de un lumpenproletariado que, habiendo sido arrojado nuevamente a la calle después de extraído el beneficio económico, se enseñorea creyéndose superior a sus iguales por haber salido en la televisión o por tener cientos de miles de visitas en la red.

Por eso, lo de John cobra, lejos de ser la grosería de un imberbe, es un claro síntoma de que se avecinan tiempos muy duros para la clase trabajadora, y ojalá esta vez seamos capaces de acumular fuerzas y organizarnos porque está históricamente demostrado que el capitalismo, cuanto más débil se siente, más incide en las contradicciones de los trabajadores a través de la nazificación de parte de ellos, con el fin de que vean a sus aliados naturales de clase como sus enemigos. Y algunos caraduras todavía dicen que el cine de Elio Petri no ha resistido el paso del tiempo.

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