El indiscreto encanto de la burguesía


Afirma Slavoj Zizek en su “Repetir Lenin” que el patrón de hoy insiste en que debe tratársele como a un amigo porque de esta manera la relación de poder no solamente permanece intacta, sino que además se transforma en un secreto que hay que respetar y no hablar de él. Para el subordinado, continúa diciendo el esloveno, una relación así resulta más claustrofóbica que la tradicional: hoy día el amo está presente en todos los ámbitos puesto que es autoridad y, al mismo tiempo, amigo.

La película chilena “La nana” (2009), de Sebastián Silva, plantea abiertamente un conflicto al que le es perfectamente aplicable esta reflexión sobre la forma posmoderna de ejercer el poder, o dicho de otra manera, de cómo ocultar las formas de dominación bajo la superficialidad de las buenas maneras, llegando incluso a conseguir que el propio dominado no sea consciente de su propia dominación.

“Los conflictos emocionales de los personajes han trascendido la anécdota de que fueran criadas y señores, y eso ha enganchado al público”

“De pequeño me rebelaba contra las nanas porque eran figuras que imponían autoridad, y cuando crecí empecé a sentir culpa, porque era uno más de la familia que la tenía presa en la casa, era parte de los tiranos, hecho falso porque cobran.”

Sebastián Silva, director de “La nana” (El País, 16/04/2010).

“La nana” trata sobre una criada a tiempo completo, (nótese como en el título del film existe de entrada una dulcificación y minusvaloración de la función social de la protagonista, unida a una familiaridad artificial, pues las nanas realmente son las abuelas) que le pone las cosas realmente difícil a su patrona cuando decide buscarle una ayudante debido a que Raquel, que así se llama la criada, ya no puede hacer las tareas de la casa por culpa de sus dolores de cabeza. Sin embargo, y a pesar de que los dolores van en aumento, ésta se resiste a recibir ayuda haciéndole la vida imposible a las candidatas al puesto.

La originalidad de la trama reside en que la patrona en todo momento defiende la actitud de Raquel frente a las críticas de sus hijos y de las propias candidatas. No nos encontramos, por lo tanto, ante un film que plantea los clásicos roces entre dos clases sociales antagónicas, sino que Pilar, la patrona, representa a una burguesía autoconsciente de su poder y superioridad, que gestiona el conflicto social en términos en los que no caben las situaciones de violencia manifiesta.

Indudablemente, Sebastián Silva, como director y coguionista, se muestra solidario con su clase, es decir, con la burguesía chilena, porque sitúa la elección del punto de vista de la narración, y por tanto la propuesta identificativa con el espectador, en el interior de la familia dejando en sombras a Raquel, ya que los comportamientos del padre, la madre y los hijos son perfectamente entendibles y coherentes, que no quiere decir compartibles, mientras que el personaje de la criada, aunque esté en plano durante el 95% de la película, es presentado como un ser a medio camino entre el animal y la persona, de comportamiento extraño, huraño y antipático.

Pero esta comprensión hacia los de su clase, lejos de ser un lastre para el film, es otro de sus aciertos, pues a quienes no pertenecemos a la burguesía, “La nana” nos aporta una gran cantidad de información acerca de cómo pueden ser de profundos los métodos de control y explotación de los poderosos con quienes no tienen posibilidad de auxilio o defensa. Por lo tanto, a Sebastián Silva, que como él mismo declaró en la entrevista al diario El País antes citada: “muestro lo que yo viví en casa de niño, cuando convivía con una criada de puertas adentro de mi casa”, hay que agradecerle la sinceridad desde la que construye este retrato de sus iguales.

Por eso resulta sorprendente que ante el elevado grado de clasismo que demuestra el film, Sebastián Silva haya declarado que los roles de señores y criados son anecdóticos en su película, pues el microcosmos creado por Sebastián Silva en esa casa bien podría extrapolarse a la sociedad chilena en su conjunto, y a cualquier otra de nuestro entorno capitalista. “La nana” describe un meticuloso ejercicio de alienación en toda regla, que sobrepasa con mucho el ámbito laboral, aunque desgraciadamente Raquel, lejos de transformarlo en lucha antagónica, lo convierta finalmente en una especie de síndrome de Estocolmo.

Argumenta Zizek en “Repetir Lenin” que la alienación capitalista desde el punto de vista marxista consiste en la permanente lucha del individuo contra la abstracción. Llevado el ejemplo al terreno económico, estaríamos ante la imposibilidad que tiene el trabajador en la sociedad capitalista para vivir su experiencia laboral como algo orgánico, y no como un algo desgajado de su personalidad gracias al alquiler de un contingente abstracto como es la fuerza de trabajo. Pero Zizek aclara que la abstracción también está inscrita en la manera en la que nos relacionamos con los otros, ya que vemos a las personas como meras portadoras de funciones sociales abstractas. Y esa abstracción se configura de forma distinta según el sistema de poder del que hablemos. Mientras que el capitalismo tardío se caracterizó por la frialdad emocional, esta se ve suplantada en el caso de Raquel por la construcción cálida de una vida emocional fantasmal que le sirve a sus patronos de dique de contención frente a la abrumadora experiencia del sufrimiento de la criada.

Raquel lleva sirviendo en la casa de sus patronos más de veinte años, es decir, toda su vida, y carece de cualquier relación humana o afectiva que no esté mediada por un salario. Y aunque ha sido realmente ella, y no la madre biológica, quien ha criado de los hijos, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que su grado de sociabilidad es prácticamente cero, debido principalmente a la desorientación en la que se encuentran sus afectos desde muy joven.

El arranque de la película, en la que la familia le prepara una fiesta sorpresa de cumpleaños, es una perfecta muestra de la superficialidad afectiva trenzada por los miembros de la familia para con Raquel. Tras conseguir que ésta pase a comer de la cocina al salón, la familia le canta el consabido cumpleaños feliz entregándole los regalos, pero cuando Raquel se sienta a la mesa para disfrutar de la velada sorpresa, el cabeza de familia, la autoridad, se levanta porque tiene cosas que hacer, en este caso, terminar su maqueta naval. Ante este comportamiento contradictorio, Raquel reacciona recogiendo los platos para fregarlos lo antes posible. Donde la familia ve esparcimiento, Raquel ve trabajo.

Otro momento decisivo en lo que ha desorientación se refiere se produce cuando Raquel se enfrenta a la primera candidata a ayudante, que se gana pasajeramente la atención de los niños por cuidar de un gatito, arrojándole a la cara un amenazante: “No te equivoques, los niños me quieren a mí”. Evidentemente la joven criada representa para Raquel una amenaza para su ficticio espacio emocional, de ahí que lo defienda con violencia y ahínco. Pero lo más cruel del asunto es que el desarrollo del film nos permite conocer que las relaciones que los niños tienen con ella distan de ser sinceras y amorosas, y sí plenamente subordinadas a la lógica del alquiler de la mano de obra. Con exactitud aritmética, la familia se preocupa por Raquel en la medida en la ésta les evita problemas facilitándoles el día a día en la casa.

Por lo tanto, durante el desarrollo “La nana” asistimos como espectadores al cruel proceder de una familia burguesa que gracias a unos delicados modales extrae de Raquel lo mejor de sí misma rentabilizando con creces su inversión a largo plazo, o dicho de otra manera, debido a la elemental formación personal y cultural de Raquel, su función social es ejercer de sostén de toda una constelación de vagos crónicos, pues al padre sólo le vemos haciendo maquetas y yéndose a jugar al golf, a la madre, que parece ser profesora, nunca la vemos trabajar, y a los hijos, que los tiene hasta que vestir, se dedican a corretear por los pasillos, hacer trucos de magia y bañarse en la piscina.

Por eso resulta espeluznante comprobar hasta qué punto llega la indefensión y soledad de Raquel cuando no le queda más remedio que reponerse de su enfermedad en el propio espacio que se la causa, y ser atendida por las mismas personas que la enferman. Y es que la imposibilidad de crear redes afectivas por parte de Raquel se debe principalmente al ambiente social enel que vive, aparentemente idílico desde el punto de vista material, pero pobre emocionalmente hablando. De ahí que Raquel se (auto)engulla dentro de la casa como único fortín aceptable a pesar del nefasto resultado que le provoca en su salud. No hay mejor manera de disimular un secuestro que forzar a la propia secuestrada a que se recluya ella misma. Raquel se defiende de sus ayudantes arrojándolas fuera del hogar, arrojándolas fuera de ella misma, de un interior en el que ni psíquica ni físicamente, como ella le confesará a un amante ocasional, ha entrado nadie.

Las tres candidatas a ayudante que transitan por el film representan otras tantas maneras de asumir la posición de trabajadora y, en buena lógica, representan distintas partes o “yoes” de la misma Raquel. La primera de ellas es una joven de aire aniñado, pazguata y sumisa, trasunto de Raquel cuando entró a servir. La segunda es una criada resabiada que posee el necesario odio de clase desde el que le advierte de la inutilidad de los cuidados que Raquel ofrece por encima de su deber, trasunto de una Raquel envejecida. Y la tercera, que es la única que no tiene por objetivo ser nana toda su vida, es la más autónoma y la que, según la lógica narrativa, provoca el punto de giro de la trama enseñándole a Raquel cómo superar las contradicciones planteadas.

Llegados a este punto del análisis resulta de suma utilidad plantearnos el asunto de la violencia infligida por Raquel sobre su propio cuerpo, pero también sobre la proyección de éste en el resto de las nanas. Raquel las expulsa del hogar, las deja encerradas en el exterior. En una de las mayores sutilezas del guión, mientras que Raquel se siente libre y protegida en el interior de la casa, las nanas se angustian en el exterior. Igualmente las hace rabiar de tensión, trepar por los tejados y alguna llega a arañarse seriamente. Tampoco podemos olvidar que al gato, regalo del novio de la hija mayor, lo encierra en un cajón y luego lo arroja fuera del chalé con el resultado previsible de atropello. y es que aquí la casa, a aparte de ser el espacio prioritario de conformación y estableciendo de los vínculos jerárquicos tradicionales, roles de géneros incluidos, funciona para Raquel como un vientre de alquiler desde el que intenta cuidar de sus no crías en su no familia, lo que la condena constantemente a sufrir un alto grado de bipolaridad.

Zizek afirma en “Repetir Lenin” que no se puede pasar de la subjetividad capitalista a la revolucionaria sin romper el alto grado de abstracción desde el que el capitalismo ha instrumentado las relaciones humanas, y la mejor herramienta para romper la identidad construida por el sistema es la violencia porque la ruptura de esa abstracción provoca también la quiebra de la ceguera social, y solamente desde un gesto extremadamente violento se puede desparramar el dolor propio sobre las identidades de los otros.

Por eso Raquel se niega a recibir ayuda de Pilar, por eso Raquel se atiborra de pastillas, por eso Raquel maltrata a sus compañeras, y por eso Raquel carga con doble trabajo, a pesar de lo precario de su salud, cuando desinfecta los espacios comunes que comparte con las otras nanas. Su papel de nana de la nana es la forma que tiene de negar la negación, es decir, de afirmarse enseñándole a sus amos que es una proletaria que no tiene nada que perder, y que por lo tanto puede autodegradarse dándose golpes a sí misma. Porque cuando estamos sometidos a un mecanismo de poder, nuestra única liberación es negarle a nuestro represor el placer de reprimirnos, pero cuando esa represión se ejerce sobre la más solitaria de las individualidades, como es el caso de este film, la única salida es aplicar la violencia contra uno mismo. En pocas palabras, en situaciones de anulación social extrema solamente la violencia nos visibiliza e individualiza.

Ahora bien, por qué “La nana” no es una película de izquierdas, o sea, un texto del que pueda extraerse una apuesta transformadora de la sociedad, porque Lucy, la tercera nana, que es la que le enseña a Raquel el exterior de la casa, el exterior del jardín, en definitiva, el exterior de sí misma, es decir, aquella que intenta armonizar los dos grandes espacios de la historia, interrumpe de manera brusca el proceso de liberación que había emprendido intuitivamente Raquel, y en vez de hacerle ver que su situación puede ser reversible mediante la lucha contra sus opresores, lo que hace es amoldarla a reproducir los usos y costumbres de la ideología dominante.

Lo que parece un gesto final de comprensión y esperanza por parte del director hacia el personaje de Raquel cuando sale a correr por el barrio, tal y como lo hacía la tercera nana, no es más que una forma de perpetuar su propia inmovilidad como clase oprimida, es decir, el lampedusiano que todo cambie para que nada cambie. Solo que ahora, Raquel, en vez de ser una desclasada con el su suicidio como única forma de llamar socialmente la atención sobre su situación, se ha convertido en una generadora de ideología burguesa, y no es descabellado imaginar que cuando Raquel asuma su nuevo rol se convertirá en la nana amiga que enseñe a su nueva ayudante las bondades del oficio. Por lo tanto el arco del personaje de Raquel transita a lo largo del film de proletaria desclasada a colaboradora del sistema.

Por eso resulta clarificador la declaración de Sebastián Silva en la que afirma que a las nanas no se las tiene presas porque se las paga. Tal simplicidad argumentativa, que denota un posicionamiento ideológico sustentado en que el intercambio económico lo licita todo, es sin embargo cuestionado por la brillante secuencia en la que la criada tiene unas horas libres y decide salir a pasear por el barrio. Como era de esperar, el desclasamiento de Raquel se manifiesta en que apenas le queda como único ocio repetir los hábitos de consumo de sus patronos. Una Raquel zombie que deambula entre las tiendas de grandes firmas no aptas para su economía cierra el círculo de la alienación comprándose un jersey, más por orgullo que por poder permitírselo económicamente.

La referencia que hacemos del suicidio como única opción de visibilización del modo de explotación capitalista no es una exageración propia de izquierdistas trasnochados. Solamente hay que asomarse periódicamente a las páginas de los diarios para comprobar que en los últimos meses ha aumentado de forma exponencial este tipo de acciones en empresas punteras del sector de las telecomunicaciones. Hasta la fecha, 23 fallecidos en France Telecom y 8 en Foxconn, y no podemos dejar de comentar que tras este último suicidio, la empresa que fabrica el iPhone de Apple ha decidido contratar a 2000 psiquiatras para detener la ola de suicidios. Estos especialistas cobrarán anualmente entre 25.000 y 75.000 dólares al año, cuando los trabajadores de las fábricas de la firma cobran un sueldo base anual de unos 1.750 dólares.

O sea, que a los directivos de la firma no se les ha ocurrido otra brillante idea que la de encubrir las miserables condiciones laborales de los trabajadores traspasando unos trastornos que tienen una clara base física a la esfera de lo psíquico. Y es que para qué replantearse las relaciones de producción capitalistas eliminando los ritmos vertiginosos de las cadenas de montaje, elevando los salarios directos e indirectos, reduciendo el nivel de precariedad, o permitiendo la participación de los trabajadores sindicados en el diseño de sus propias condiciones laborales, si resulta mucho más rentable para el capital darle a los suicidios una pátina de neutralidad médica desde la que derivar las responsabilidades patronales hacia los distintos “desequilibrios” de los trabajadores.

En “Repetir Lenin”, Zizek utiliza la película “El club de la lucha” (David Fincher, 1999) como ejemplo más o menos transgresor de violencia aplicada a uno mismo. Sin embargo el film de Fincher no deja de ser un artificio posmoderno sin más rumbo que la provocación anarcopunk. Sin embargo, hay un título que sí representa plenamente una salida de izquierdas a este tipo de conflictos. Se trata de “Tiempo de revancha” (Adolfo Aristaraín, 1981), en la que un sindicalista para no descubrir que no es cierto que ha perdido el habla en un accidente laboral termina cortándose la lengua y ganándole el juicio a la empresa. Aunque el acto mutilador tiene diversas lecturas, la opción autopunitiva del sindicalista se enmarca cuadra perfectamente dentro de la progresión lógica de rebeldía que contra las peligrosas condiciones de trabajo mantienen los trabajadores. Con este gesto, el sindicalista protagonista del film evita en todo momento colaboracionismo ninguno con el sistema, y aunque el sindicalista no encuentre salida a su conflicto dentro de las estructuras sindicales o colectivas, algo más propio de cine socialista, sí experimenta en sus propias carnes el amordazamiento que el capital multinacional, en connivencia con aquel gobierno dictatorial argentino, ejercía, y hoy con ropajes socialdemocráticos pero con la misma o peor virulencia sigue ejerciendo, contra la clase trabajadora.

Otro elemento interesante del film es la función de la religión, la católica por supuesto, como basamento moral desde el que perpetuar la sumisión de clase. Nada nuevo bajo el sol, pero Silva consigue reflejarlo de manera acertada cuando la madre acompaña a dormir a sus hijos y les pregunta por quienes van a rezar antes de acostarse y, muy disciplinados le contestan que por los niños necesitados y enfermos. Avanzada la acción, cuando Raquel se recupera de su dolencia, la madre le confiesa que ha sido gracias a que sus hijos han estado rezando con fuerza por ella todo este tiempo. Evidentemente, Raquel asume esta explicación como aceptable, pues ella también es creyente, y además la reconforta al sentirse parte del círculo de afectividades de la familia que, como decíamos anteriormente, utiliza la religión como una pantalla ideológica que les permite no implicarse de manera real en los problemas de su entorno, pero sí aparentar preocupación por los mismos. En resumen, la hipócrita caridad católica a la que desgraciadamente nos hemos acostumbrado en nuestra sociedad.

Para concluir con el análisis del film, queda demostrado que la explotación de Raquel no se soluciona con las buenas maneras  de un impreciso código ético basado en eso de amar al prójimo como tantas veces hemos escuchado en boca de los más distintos líderes religiosos o epígonos de la ideología “new age”, pues el amor carece de capacidad transformadora porque su existencia es producto de reacciones azarosas, inconstantes e individualistas que de ninguna manera responden a la lógica del desarrollo histórico marxista. Y aunque Zizek afirma en “Repetir Lenin” que el verdadero trabajo de amor consiste en no tirarle al otro las migajas de nuestra riqueza desde la barrera, sino en saltar la barrera para llegar al ser excluido, nos parece equivocada aqui la utilización de la palabra amor que todo lo complica y desvirtúa, dejando claro que Zizek generaliza el concepto de amor llevándolo al extremo de que afirma que debemos mostrarnos mucho más solidarios con quienes menos apreciamos afectivamente.

Sin embargo, aunque no dudamos ni por un momento del claro materialismo que emana del pensamiento de Zizek, conviene terminar afirmando que sin pretender retornar a aquello de que el amor es un fenómeno propio de la pequeña burguesía, como decían antaño los sectores más radicalizados del marxismo, sí entendemos que hoy más que nunca, cuando el capitalismo se reviste de pomposas y débiles estructuras políticas como la “alianza de civilizaciones” expresadas en paridas zapateriles del tipo “la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento” es necesario colocar cada realidad en su lugar correspondiente, y por ello debemos circunscribir el amor al ámbito exclusivo de lo privado, al igual que el sentimiento religioso, y que la gran contradicción a resolver sigue siendo superar el modo de explotación capitalista a través de la superación de la contradicción principal que es la del capital y el trabajo.

Por eso los marxistas tenemos que seguir teniendo muy claro que ni la socialdemocracia con su servilismo capitalista, ni el modelo keynesista con su  pretendida redistribución del plusvalor, son herramientas útiles para los tiempos que vienen, pues nuestro objetivo no es sembrar el mundo de Raqueles creando puestos de trabajo a cualquier precio, sino hacerlas desparecer para siempre de la faz de la tierra porque en una sociedad igualitaria determinadas ocupaciones deberían ser de gestión personal y nunca sostenidas mediante contrapartida económica. No se trata de ensuciar las calles para generar trabajos de barrendero, ni ir levantando baldosas para que otros por detrás vuelvan a colocarlas, sino de crear las adecuadas condiciones de libre desenvolvimiento personal para que desde la autogestión de los recursos ensuciemos lo menos posible y generemos puestos de trabajo dirigidos a reciclar que hagan sostenible el equilibrio medio ambiental sin proletarizar a nadie.

Y aunque nos fastidia traer a colación a Marx como si éste fuese un oráculo tocado por los dioses, la anécdota merece la pena. Dicen que un día le preguntaron a Marx quien limpiaría los zapatos en una sociedad comunista, a lo que Marx respondió: usted mismo. Difícilmente se puede expresar de forma más sintética el choque entre una mentalidad sumisa a la explotación asalariada, y otra alumbradora de los principios autogestionarios y del libre asociacionismo productivo.

Anuncios