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El pasado jueves día 6 de diciembre, aniversario de la Constitución de 1978, recibí una llamada de Movistar preguntándome si podían instalarme la fibra óptica esa misma mañana. Les contesté que, como estaba celebrando la festividad democrática, podía recibirlos sin obligación laboral alguna.

Dicho y hecho, una hora más tarde, dos obreros de una subcontrata entraban en casa pertrechados de aparatos y herramientas para llevar a cabo el servicio. Mientras inspeccionaban el viejo cableado, les pregunté que por qué trabajaban en un día tan señalado, a lo que me contestaron con cierto orgullo, que si no trabajaban no cobraban. Como les noté crecidos con su respuesta, añadí que eso nos pasaba a todos en este país y que nadie, exceptuando a parte de la clase empresarial y a la familia real al completo, cobraba sin trabajar

Ya con menos orgullo, me argumentaron que como eran autónomos contratados por la subcontrata de una contrata de Movistar, cobraban por servicio hecho, con lo que si un día no había servicio, o se lo tomaban festivo, no cobraban, y peor aún, que si la instalación de un servicio se complicaba y no podían resolverla durante el día, tampoco cobraban por el tiempo empleado.

Tal grado de sinceridad me sorprendió, así que me atreví a preguntarles si esto les ocurría a menudo, y para mí sorpresa respondieron que sí. Que bastantes casas en Madrid estaban escasamente preparadas para nuevas acometidas, y muchas veces resultaba imposible introducir la fibra óptica. En un nuevo acto de sinceridad me comentaron que también ponía en peligro sus salarios el hecho de que la finalización de una instalación no dependiera solo de sus habilidades, sino de las centralitas, y que paradojas de su trabajo, si internet se caía no les quedaba más remedio que rezarle al dios de la red para obtener del cliente la firma del trabajo completado, el verdadero salvoconducto para sus sueldos.

Correspondiéndoles en la confianza otorgada, les confesé que yo también era autónomo y que cobraba por servicio hecho, pero que mis honorarios me permitían librar en fiesta tan señalada, a lo que me contestaron que sus salarios, después de abonar las prestaciones sociales, liquidar impuestos y pagar las comisiones a las subcontratas y contrata principal, quedaban tan ajustados que no podían permitirse honrar la Constitución de nuestros padres.

Mientras ambos operarios forcejeaban con los cables detrás del mueble del salón, apareció en televisión el Presidente del Congreso alabando nuestro marco de libertades democráticas, así que espoleado por tan optimista comentario, me atreví a llevar un paso más allá nuestra estrenada complicidad preguntándoles si no les resultaba paradójico que, el día en el que se conmemoraba la reconciliación de las dos España, ellos, que eran trabajadores jóvenes y cualificados, hijos del consenso, representasen mejor que ningún político la falacia de nuestro sistema constitucional ante la flagrante ausencia de derechos laborales.

Ante mi sorprendente pregunta, el más alto de los dos, lejos de amilanarse, me confesó que efectivamente se sentían más taxímetros que humanos, y que la Constitución era cosa de políticos y del colegio. Llegados a este punto, fui yo quien les dijo que esa reflexión me dejaba en la incómoda sensación de aumentar su nivel de explotación, pero ante esta autoinculpación reaccionaron diciéndome que de ninguna manera, que habían sido ellos quienes me habían propuesto venir esa mañana, y que en todo caso era mejor estar explotados que pedir comida en la iglesia de la calle Pez.

La instalación propiamente dicha, a pesar de que el edificio databa de finales del siglo XIX, transcurrió sin incidentes, y los ceros y unos de la red se encauzaron sin problemas a través del nuevo cable de fibra óptica, así que sin más dilación firmé el comprobante del éxito de su trabajo sabiendo que, lejos de tener entre mis manos un anodino formulario, les entregaba un cheque al portador.

Tras recoger sus herramientas personales y agradecerles el trabajo bien hecho, regresé al salón y reparé en la leyenda publicitaria del nuevo router: libertad en una caja. Me reconfortó comprobar que la teoría del fetichismo de la mercancía seguía demostrando su plena vigencia, lástima que aunque sea evidente que la libertad de algunos supone la esclavitud de muchos, nada pueda hacerse para cambiar el curso de la Historia. Además, como nos recuerda nuestro Presidente del Gobierno: no hay alternativas, la realidad se impone, y lo más urgente es blindar la Constitución para alejarla de aventuras estrafalarias.

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