Hace ya más un año, el equipo de OyP vimos que la plaza de Callao estaba siendo utilizada por una empresa que vendía wifi gratis para ciudades inteligentes con un tipo disfrazado de superhéroe. El show nos pareció suficientemente humillante como para grabar unos planos en medio de la algarabía general, llamándonos también la atención que en esa misma plaza venía reuniéndose la asamblea de barrio del 15M y que, por obra y gracia del dispositivo publicitario desplegado, difícilmente lo podría volver a hacer.

Editando en el ordenador, seleccionamos las motivadoras frases de un video del 15M y las mezclamos con las imágenes del superhéroe que acabábamos de grabar. El resultado fue el video Toma la plaza, que obtuvo 23 visitas y cero comentarios, o sea, ni frío ni calor, evidenciando que el problema no era el público de OyP, que ya había demostrado su capacidad de análisis en animados debates de entradas anteriores, sino del video propiamente dicho, probablemente por una formulación excesivamente críptica de sus objetivos. Por eso a la luz de las nuevas informaciones sobre GOWEX, nos parece más fácil corregir los problemas internos de un video que, a pesar de lo manida de la expresión, pudo adelantarse a su tiempo quedando en terreno de nadie.

El objetivo principal de Toma la plaza era visualizar la lucha que entre el Ayuntamiento y la ciudadanía se libraba por la utilización del espacio público, en un momento en el que el consistorio madrileño, utilizando su habitual basura propagandística sobre emprendedores, había reconquistado mercantilmente un espacio público de debate, sirviéndose de la startup tecnológica de un gurú neoliberal cuyo mérito había sido arrimar el recetario regenerador del 15M a su sardina: juventud, cambio, rebeldía, valores colectivos, y acción, mucha acción protagonizada por un superhéroe de película.

GOWEX se apropiaba del 15M, el Ayuntamiento de GOWEX, el 15M se quedaba sin plaza, y Hollywood se apuntaba a la cita proyectando sobre nuestras cabezas un embellecido remake de El gran Gatsby, que es la historia por excelencia del arribista social de oscuros negocios. La vieja fábrica de sueños nos invitaba a ser los mirones de una fiesta en la que solo teníamos que cambiar a Di Caprio por Jenaro García para brindar por el éxito de una nueva “gestión publico-privada”, que el advenedizo emprendedor controlaba desde las alturas.

De esta manera tan chusca el PP legitimaba el dogma neoliberal de que una ciudad inteligente no es la que facilita el derecho de reunión de los vecinos en espacios públicos, sino la que los obliga a consumir datos. Y es que ante la alta participación demostrada por las herramientas comunicativas del 15M, Jenaro García y Ana Botella parecían decirnos: ¿por qué os seguís viendo en bares, plazas o patios, si os estamos poniendo WIFI para encontraros virtualmente?

420 días más tarde, y con la investigación del juez Pedraz apenas abierta, seguimos sin tener claro si en esta joint venture la empresa utilizaba al ayuntamiento, o el ayuntamiento a la empresa, pero lo que parece seguro en estos tiempos de huida hacia delante neocon es que el capitalismo ha conseguido afinar sus fines represivos gracias a empresas a las que instrumentaliza creándoles un valor de objetividad, neutralidad e independencia.

España es un país en el que a menudo compramos la versión que la propia Administración Pública vende de la eficacia y eficiencia del sector privado, y en el que casi nadie quiere ver a las empresas tal y como son, máquinas aspiradoras de derechos sociales y bienestar público. Solo hay que observar cómo, cuando salta un escándalo empresarial, gobierno y medios de comunicación corren a aislar el caso hablando de comportamientos anómalos para evitar juzgarlos en profundidad. Cualquier excusa con tal de no trasladarle a la ciudadanía la certeza de que el mal está en el modelo de empresa capitalista.

Es más, hoy que todos cuestionamos la viabilidad de nuestro sistema político e institucional, el régimen del 78, casi nadie cuestiona la aberración de un sistema económico que permite a las empresas dividirse en acciones para especular en mercados al margen de la realidad productiva, envuelto en una opacidad legal que le otorga mayor protección jurídica a una empresa que a un ciudadano.

Porque GOWEX no es la crónica de un fracaso ahora que sabemos que su CEO llevaba falsificando los balances desde hacía 10 años con auditorías fantasmas, que controlaba tropecientas empresas pantallas para evadir impuestos, que tenía SICAVS en Luxemburgo, impagos por doquier, y un sinfin de delitos más, GOWEX es un timo exactamente desde aquellos días en que sus acciones subían como la espuma sin que nadie supiese a ciencia cierta qué tipo de servicio prestaba, ni dónde podía contrarse. Justo desde aquel preciso instante en el que el primer accionista de forma retiró o reinvirtió dividedos de forma anónima.

En un abrir y cerrar de ojos, Jenaro García, el hombre hecho así mismo alabado por presidentes y financieros, el flautista de Hamelin de las inversiones, el superhéroe del wifi para todos se descompuso en ceros y unos dejándonos a nuestro alrededor un reguero de pufos que harán imposible la creación de un empleo digno y sostenible durante mucho tiempo, confirmando lo que pocos nos atrevemos a escribir: que la empresa privada, lejos de crear empleo, lo destruye, porque más tarde o temprano termina arrasando con los recursos propios y ajenos, cual sanguijuela que seca todo a lo que se agarra.

Y no hace falta ser muy listo para saber cuál va a ser el final de esta enésima anglosajonización del timo de la estampita. La Justicia le pondrá al superhéroe Jenaro García una multa económica que pagará fácilmente para volar a cualquiera de los paraísos fiscales en los que oculta un dinero que nunca le será reclamado. El entramado societario se esfumará dejando a los trabajadores colgados de un FOGASA quebrado, y aflorará una ristra de créditos públicos impagados, ese “relaxing cup of café con leche” del que tendremos que hacernos cargo el resto de contribuyentes. Esos que no somos ni emprendedores, ni ahorradores, ni inversores, esos que nos somos marca España porque solamente somos trabajadores con cuentas muy corrientes.

Porque el caso de GOWEX, como el de tantas empresas que la precedieron y la continuarán, nos confirma que el capitalismo hace incompatible al ser humano con el ser social, y esto, que significa muy poco para gran parte de la ciudadanía, parece que va calando lentamente entre otros. El plano final de Toma la plaza, con esa suelta de globos que se pierden en el cielo, parece la metáfora de lo que es cualquier empresa neoliberal: aire que pagamos por contemplar.

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